Pasaje inédito de Hijos del Verdugo

Hijos del verdugo

Alemania, Hamburgo

Verano de 1934

Aquél al que habían puesto el alias de «el pianista», llegaba tarde a nuestro encuentro a los pies de aquel apacible lago donde nos habíamos reunido en más de una ocasión. Era un lugar poco transitado, rodeado de verde con aguas muy profundas y oscuras cuyo movimiento se debía ocasionalmente a la lluvia. La orilla era arenosa y mis pies desnudos se hundían, anclados descalzos en ella. Resoplé aburrido, elevando mi vista celeste al camino entre árboles por el que ansiaba verle llegar de una vez. Reprimí una sonrisa al distinguirle aparecer a lo lejos y desviando la mirada, fingiendo no haberle visto, disimulé mi impaciencia. Sin embargo, lo que no pude disimular fue ese tonto nerviosismo que sentía en el estómago cada vez que le sentía cerca. Ese nudo o como suele decirse, ese molesto hormigueo acompañado de un pulso desbocado que me golpeaba la yugular del cuello y me robaba el aliento. Porque eso hacía aquél tímido muchacho de pelo ondulante y ojos verdes, robarme el aliento; y en ocasiones en las que su ausencia se hacía larga, el pensamiento. Yo había tratado desde el principio, desde que empecé a sentir aquellas cosas, ignorar aquellos sentimientos y sensaciones, pero había llegado a un punto en el que Vogel alimentaba mi día a día. En el que verle tocar en el salón de casa u oírle hablar con padre desde mi cuarto se hacía insuficiente. Cuando debía irme de campamento con las Juventudes Hitlerianas no había momento en el que no se me viniera a la cabeza y le echara de menos. Me había acostumbrado a su presencia. No había momento tampoco en el que no soñara con él y me levantara con el pantalón del pijama húmedo, porque si había algo que era notable, era que mi incontrolable necesidad de satisfacción personal había aumentado drásticamente desde que mis sentimientos a su persona se habían reafirmado y el hecho de sentirme continuamente mal por satisfacer aquel impulso, no ayudaba a mantenerme seco cuando reprimía la necesidad haciendo ejercicio. En ocasiones podía llegar a frustrarme sobre manera, odiaba sentir aquello por él porque sabía lo que era y consciente de lo que significaba… Tenía muy claro lo que quería y no era ceder a mi enfermedad, ni fracasar como buen alemán. O eso era lo que me gustaba pensar. El de ojos verdes era mi enfermedad encarnada, mi sujeto de deseo, mi primer amor adolescente. Le odiaba por lo que representaba y le amaba exactamente por lo mismo. A veces me sentía confuso y esclavizado por mi cuerpo y mi mente. Eso me enfurecía al comprobar que aún no era capaz de dominar ni lo uno, ni lo otro. Sentía que tenía que esforzarme por hacerlo, pero no dejaba de ceder y rendirme a lo fisiológico. No podía decirme a mí mismo que ignorara todo aquello y esperar que mis sentimientos desaparecieran… ojalá, pero no podía o quizá no quería. Verdaderamente le necesitaba y a medida que crecíamos le necesitaba más de una y de la otra manera… Todo aquello me creaba una peligrosa inseguridad. Pero cualquier temor relacionado con la sospecha y descubrimiento junto a sus consecuentes represalias no significaban nada cuando oía su voz. Realmente cuando la oía sentía calma y todo aquel temor desaparecía, como por cosa de magia. Él me hacía sentir bien y yo ansiaba sentirme bien, aunque lo que sentía por él entraran en continuo conflicto con lo que el Reich esperaba de mí.

— Siento haber llegado tan tarde, — le oí decir junto a mis zapatos a una distancia prudente de la orilla, pasando a mirarle de reojo por encima de mi hombro desinteresadamente sin abandonar mi erguida postura en dirección al agua, con las manos tras la espalda — tuve que ayudar a mi madre con la abuela… — se excusó entonces y yo volví al agua sin darle aparente importancia a su demora. Mi indiferencia le resultó preocupante y yo había actuado justamente así porque sabía cuál sería su reacción y es que me gustaba que me reclamara atención. — ¿Te has enfadado? — Quiso saber atenuando el tono de su voz, momento en el que dibujé una sonrisilla socarrona y sellada con mis labios, regodeándome con todo ello. — Dime. — Me pidió finalmente llegando a mi altura, dándome un toque suave en uno de mis brazos sin importarle mancharse los zapatos con la arena movediza. Le miré finalmente directamente a los ojos sin borrar aquel gesto, que le advirtió que no estaba ni molesto, ni enfadado con él, sino agradecido de que hubiera llegado por fin. — ¿Me perdonas? — Preguntó bajando la vista, mordiéndose su propia sonrisa con su característica timidez e inocencia.

— Lo haré sólo si te das un chapuzón en el lago conmigo. — le reté abandonando mi postura, volviéndome a él para aguardar a su respuesta que difícilmente sería negativa, y si llegaba a serlo, le convencería para que cediera o, en cualquier caso, le obligaría con relativa facilidad tomándole por la cintura y empujándole en dirección al agua. El muchacho abrió sus ojos y retrocedió un paso, una primera negativa a la que no le di ninguna importancia. — Has llegado tarde, es lo menos que puedes hacer por mí ahora. — le advertí cruzándome de brazos — Además, hace un calor de mil demonios. — observé mirando con el ceño regañado a las alturas para volver a él, que había imitado el gesto — Debes de estar sudando bajo la ropa. — comenté como si tal cosa, ocasionando que el de manos delgadas y dedos largos entreabriera su boca para detener su aliento un momento, mirándome fijamente con su respiración tornándose sonora. Quedó mudo como un tonto y yo arrugué mucho más el ceño entre extrañado y divertido. Sabía que se sentía exactamente como me sentía yo y con saberlo me permitía el lujo de jugar con él, y es que solía ser muy transparente con todo lo que fuera suyo.

— Pero… — musitó con voz débil, como atragantado por sus propios pensamientos — ¿desnudos? — Su curiosidad me hizo gracia y no pude evitar carcajear, divertido por la ocurrencia que no era tan descabellada en ningún caso, más bien acertada.

— ¿A caso sabes de alguien que nade vestido y calzado? — Inquirí con tono burlón, apartándome de él con naturalidad para llegar junto a mis zapatos y comenzar a desvestirme, empezando por mi camiseta parda. Me había ya deshecho de mi camisilla cuando me volví una vez más a él, que continuaba junto a mis huellas descalzas en la orilla. — ¿A qué esperas? — Quise saber, momento en el que pareció reaccionar, siguiendo mis pasos hasta mi mismo punto. Continué desvistiéndome, observándole mientras lento, él comenzaba a hacerlo. Era sumamente introvertido y aquello me encantaba, era tan diferente a mí que me resultaba exótico y de lo más atrayente. Cuando eché mano de mi cinturón para bajarme mi pantalón corto de las Juventudes, le examiné a conciencia, desbotonándome la cintura. Intuí que se había tensado y que no me miraría por nada en el mundo, pero sabía que era lo que quería hacer porque mismamente conocía lo que sentía. Era algo que se nos hacía evidente, quizá a mí más que a él; aunque no lo mencionáramos en voz alta. Su admiración era excesiva y sus ojos brillaban al mirarme constantemente, siempre parecía querer rozarse conmigo y morderse a sí mismo para no hacerlo nunca. — Klaus. — le llamé con tono firme y autoritario, aquel que solía utilizar con los muchachos de menor edad a mi cargo y al de Friedrich, tutelados por Hans Loewe. El de ojos del color de las olivas verdes me miró al instante, acostumbrado a obedecer al tono de sus hermanos mayores. Mire brevemente a nuestro alrededor, acariciándome el torso desnudo inconscientemente, el lugar era ideal porque no solía haber nadie. Volví a él bajo su atenta mirada y reanudé un tema que no le gustaba. — Si te unieras a las Juventudes Hitlerianas como te hemos venido advirtiendo… — hice referencia a mis camaradas sin querer realmente comenzar una nueva discusión al respecto — la actividad física equilibrada y constante del programa habitual te pondría los músculos firmes y duros como piedras. — le aseguré al tiempo que el de pelo ondulado hundía su ceño sin comprender lo que le quería decir o sin tener interés alguno en hacerlo — Ganarías resistencia y un muchacho fuerte y resistente les gusta más a las muchachas.

— No quiero gustarles a las muchachas. — respondió con seriedad, atragantado, tratando de mantener su mirada. Arrugué mi ceño rubio y elevé el mentón en su dirección.

— Claro que sí. — le objeté dejando de acariciarme el pecho, en el que apenas comenzaba a aparecer vello corporal — Tócame y te convencerás. — Le dije como si tal cosa, deseando que lo hiciera, teniendo aquella tontería como excusa, porque eso era lo que era, una excusa y una tontería. El pupilo de mi padre no parecía convencido a tocarme. A veces que fuera tan vergonzoso era desesperante porque yo ansiaba tocarle y que me tocara. Cierto era que yo acostumbraba a reprimirme, pero si él lo hacía, si daba el paso, yo no me resistiría. Era una lógica absurda que serviría de colchón, yo podría satisfacer aquella necesidad y simultáneamente no podría sentirme culpable por dejarme llevar por la misma, culpándole a él en cierta medida. — ¡Venga! — Le ordené impaciente, apurando su mano, tomándole por una de sus finas muñecas de sobresalto para acercarla a mí y estamparla contra mi abdominal con brusquedad. Vogel quedó mudo y sentí su respiración entrecortarse mientras mi mano presionaba la suya contra la firmeza de mi piel pálida, no contento con aquello, desesperado por su contacto, le obligué a descenderla sin abandonar la fuerza con la que se la sostenía para que no pudiera retirarla. Si aquel año no hubiera perdido mi virginidad, si no hubiera comido del fruto prohibido y no hubiera dado aquel brusco salto de niño a hombre, no se me habría ocurrido meterle la mano en mis pantalones para sentir sus dedos rozar mis genitales. Habría querido que ante mi iniciativa se hubiera unido a mí en aquel juego peligroso, que me hubiera tocado y me hubiera dejado tocarle, pero no fue así. Klaus no sólo no había tenido contacto sexual con nadie hasta el momento, sino que, además, era temeroso de su sexualidad.

— ¡No! — Gritó cuando sintió el roce y calor de mi entrepierna, recogiendo su mano con susto, alarmando su expresión. Su rechazo me hizo sentir estúpido y enfermizo; una combinación que me hizo reaccionar mal. No me había equivocado con sus sentimientos, me había equivocado en la forma de acercarme a él para que se acercara a mí. Había llegado a forzarle a tocarme y su reacción, aunque no la deseada, fue la más indicada. Sin embargo, fue un golpe de inseguridad que me hizo dudar acerca de lo que ya sabía, que mis sentimientos eran correspondidos. En aquel preciso instante, llegué a pensar que me había podido equivocar y que entonces me veía con otros ojos. No pude soportar que me mirara. — ¡Estúpido! — Le rugí, dándole un fuerte empujón que le tiró al suelo. Desde allí me miró consternado e intranquilo, preso de un súbito pánico. Traté de huir de mi error soltando un rugido frustrado mientras me giraba bruscamente en dirección al lago y echaba una rápida carrera hasta la orilla dejando caer mis pantalones para entrar de cabeza y nadar hasta alejarme de allí. Al salir a la superficie, castigándome a mí mismo y repentinamente rabioso por mi error, no pude evitar golpear donde aún hacía pie, creando un furioso baile de brazadas que removían las aguas. No era la primera vez que Klaus me veía en semejante actitud, la primera vez también había reaccionado con violencia y me había sentido igual de desprotegido, pero mi madre había acudido a mi rescate. Ella no volvería a hacerlo entonces, ni en situaciones similares en mucho, muchísimo tiempo. Estaba solo, solo en mi eterna agonía. Atrapado en aquel círculo vicioso.

Deseé que se fuera y le di tiempo para que lo hiciera. Me puse a nadar y no paré hasta sentirme realmente cansado. Con el cansancio podía llegar a olvidar ciertos contratiempos. No todos, pero algunos como el de madre, por ejemplo. Aunque fuera provisionalmente. Antes de salir me quise asegurar de que no seguía allí pero no se había movido. Allí estaba, sentado junto a mis cosas, abrazándose las rodillas con la barbilla apoyada en ellas, mirando en mi dirección. Verle allí me hizo entrar parcialmente en calma, significaba que no se había asustado, que ni yo ni mi actitud le había espantado. No obstante, dudé en si salir o no; finalmente me decanté por salir ya que al dejar de estar en movimiento empezaba a enfriarme. Salí despacio, con ojos esquivos en su dirección, que no movió un solo músculo mientras me acercaba abrazado a mí mismo, empapado y helado. Me detuve frente a él como un pasmarote, percatándome de que no tenía nada con lo que secarme. Haciéndose consciente al momento, el de ojos verdes y pelo oscurecido se quitó su suéter y lo tendió sobre la hierba arenosa para que no se me manchara el calzoncillo de tierra por el trasero, invitándome a sentarme en uno de sus bonitos intentos por hacerme sentir bien. Tragándome mi orgullo infantil, me senté a su lado a la espera de que el sol y el aire que corría me secara cuanto antes. No me atreví a mirarle y él no se atrevió a hacerlo tampoco, ambos en silencio, escuchando el rumor de la naturaleza que nos rodeaba y nada más. En algún momento en el que no podía dejar de pensar en él y en cómo debía de sentirse, noté que se movía y yo, que hasta entonces había permanecido rígido, me relajé cuando apoyó su cabeza en mi hombro en confianza. Gesto que me hizo cerrar los ojos y respirar tranquilo, porque no le había ahuyentado sino tal vez, dado la clara evidencia de que él a mí también me gustaba, acercado. Que, de estar locos o enfermos, lo estábamos los dos y el uno por el otro. Qué habría sido de mí sin Klaus y de él sin mí, no lo sé, quizá todo habría sido distinto. Eso no importa ahora, ni importaba en su día. Estábamos juntos, eso era una certeza, los dos lo sabíamos. Nos estábamos descubriendo, pero las circunstancias se interpondrían entre nosotros. Yo por mi parte me sentí perdonado. El pianista me lo perdonó y perdonaría todo, aunque siempre en el momento justo. No habría esperado menos de él, él siempre supo cómo perdonar, incluso a aquellos que le hicieron daño. Podría haber aprendido mucho de él, pero estaba tan ciego, que me era imposible aprender nada. No volvimos a hablar de ese incidente y yo no volví a forzarle en nada semejante. Todo llegaría, si es que verdaderamente debía llegar algún día.

 

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