Breves fragmentos #1

Mi esposa Nancy había fallecido a finales de enero, cuando entraba el mes más frío. Nuestros tres hijos, todos varones, vinieron al velatorio y al entierro. Mi relación con ellos siempre fue distante, solo ahora me cuestiono el haber sido un mal padre, aunque el daño ya esté hecho. Actualmente me acusan de ello, de frío y calculador… Por ello no me sorprendí cuando, justo al cumplirse el primer mes de fallecimiento, les vi llegar en un Mercedes gris. El mayor, Brandon; el mediano, Aideen; y el pequeño, Declan. Conducía este último y aparcó justo delante del porche. Fruncí mis labios mientras saboreaba el té con leche, acechándoles desde la ventana de la cocina, rodeado del olor a pan recién hecho y huevo frito. Brandon bajó el primero con su habitual gesto serio, y su clara intención de querer gobernar por encima de los demás. Es banquero, que más puedo decir. Detrás de él su segundo hermano, pelirrojo azafrán con muchas pecas, como buen irlandés… un poco borrachín, pero todos tenemos defectos. Tras aparcar se bajó el benjamín, chófer de mi primogénito. A Declan nunca le gustó estudiar, su hermano le paga bien por llevarle a todas partes. No tiene quejas, al menos no contra su hermano… porque bien que se me quejan los tres continuamente por cuestiones del pasado que deberían estar enterradas y olvidadas. Me tienen cogido por la entrepierna, si protesto por alguna cuestión, me replican siempre con lo mismo. Me perdieron el respeto hace ya mucho tiempo, o quizá fui yo quien lo perdió. Pues allí estaban los tres, cada uno con su uniforme habitual, sin llamar a la puerta pues siempre estaba abierta. Quién iba a asaltarme, les decía yo siempre, si las ratas no delinquen en las cloacas. ¡En las cloacas se amontona el botín! Les digo yo siempre, pero ni caso.

—Papá, ¿has vuelto a dejar la puerta abierta? —Suspiré en cuanto oí la voz de mi primogénito desde la entrada, sorbiendo nuevamente mi taza. —No sorbas, es desagradable —añadió al entrar en la cocina, acercándose para cruzarse de brazos desde su altura. Seguidamente aparecieron sus hermanos.

—¿Ha vuelto a dejar la puerta abierta? —Oí con lo mismo al menor, así que desvié la vista en otra dirección negando con la cabeza e ignorando su presencia. Estaban los tres allí de pie, como buitres. Sabía perfectamente a qué venían.

—¿Has leído los papeles? —me preguntó el pelirrojo. Negué sin más, sorbiendo a mayor volumen con intención. Oí suspirar a Brandon y no pude evitar esbozar una pequeña sonrisa al saber que les molestaba tanto una cosa, como la otra.

—¡Papá te dijimos que los leyeras! —elevó la voz Declan y le vi señalar con la palma de su mano en mi dirección, sin dar crédito ante sus hermanos mayores. El mandamás hizo un gesto de calma con sus brazos y dio un paso en mi dirección, poniéndose firme como si eso fuera a intimidarme de alguna forma.

—¿Puedes explicarnos por qué no los has leído? —quiso saber el muy diplomático.

—Pues mirad, hijos míos… —Hice una pausa extendida que sabía les enervaría, cuando vi esto reflejado en sus caretas, continué: —No me ha dado la gana, estoy hasta los cojones de todos vosotros —respondí con sencillez, consciente de mi lenguaje, al que estaban acostumbrados.

—¡Joder! —soltó el mediano, haciendo un espaviento, dando con su puño contra la palma de su mano —. Maldito cabrón… —Empezó a decir, antes de que el dueño del Mercedes interviniera nuevamente para llamar a la calma. Ignoré el insulto y mojé la tostada de pan que desayunaba en la yema de huevo con suma indiferencia. Estaba muy tranquilo, no me acobardaban.

—Padre —pronunció el banquero, adoptando su tono severo por excelencia —, le dijimos que lo hiciera. Desde la dolorosa muerte de madre, hemos comprendido que lo mejor es… —No estaba dispuesto a escuchar majaderías.

—¡Habéis comprendido que el viejo va a tardar en morirse y puede joderos hasta entonces e incluso dejaros bien jodidos! —les grité, callándole, ¿o acaso se pensaba que me podía tomar el pelo en la maldita cara? —Ahórrate tu charlatanería envenenada, que no lo haya leído no significa que no lo haya firmado, ahora idos a la mierda. —Les solté, a sabiendas de que aquello calmaría los humos que ya se traían de casa. Tanta tontería por cuatro perras y una propiedad.

—¿Dónde están? —quiso saber el borrachín, que seguramente ya estaba pensando en gastárselo, por supuesto. Luego acudiría gimoteando a sus hermanos al quedarse sin un duro en sus chanchullos, como había estado haciendo conmigo. Pero ya había firmado, ahora todo era problema de ellos. A la mierda.

—En el cajón de siempre —le contesté, aunque él ya se dirigía allí cuando abrí la boca. Todos respiraron tranquilos, salvo yo.

—Espero que cumpláis con vuestra parte del trato, ya que me echáis de mi casa —les recordé.

—Por favor, papá —protestó el menor de mis hijos —. Esta casa se cae a pedazos, está para tirarla.

—¡Esta casa es todo lo que hemos tenido siempre! —le grité sin mirarle, masticando el trozo de tostada humedecido por la yema —. Pero qué vas a saber tú. Yo trabajé como un indio para que pudierais tener este techo —les recordé con la boca llena.

—¿Y para qué? ¿Eh? —continuó Declan mientras Aideen ojeaba los papeles y Brandon se le acercaba para supervisar que todo estaba firmado, ignorándonos —. Nunca estabas en casa y cuando estabas todos deseábamos que te fueras. Sobre todo, mamá. —En aquel preciso instante, dejé la tostada y me puse en pie con brusquedad.

—¡No te atrevas a mencionar a tu madre! —le advertí señalándole con un dedo fiero, mi amenaza ocasionó que se riera, al tiempo que Brandon, papeles en mano, se acercaba para poner orden mientras el pelirrojo ya salía por la puerta.

—Basta ya —le pidió a su subordinado mientras este todavía se reía despectivamente.

—¡Adiós hijo, que te vaya muy bien! —le grité a Aideen, ese sinvergüenza.

—Papá, por favor —me pidió entonces mi primogénito, negando con la cabeza, desaprobando mi actitud como si hubiera sido yo el aliciente de todo aquel espectáculo deprimente. Le puso una mano en el hombro a su hermano y este se dio la vuelta para seguir al de las pecas, dedicándome la misma despedida inexistente. Le seguí con rabia en la mirada, volviendo a Brandon que me observaba con su paciencia analítica y experta.

—Bueno, faltas tú, ¿no te largas? —quise saber elevando el mentón con falso interés por conocer la respuesta.

—Volveré el fin de semana y te llevaré a tu nueva residencia —comunicó antes de volverse —. Te gustará, ya lo verás —me prometió, y yo no pude hacer otra cosa más que cagarme en la madre que los parió, que en su gloria esté.

—No te olvides de los papeles —murmuré con sarcasmo. Claramente molesto, volví a sentarme en mi silla y seguí desayunando, con el día pifiado desde tan temprano. Esos malditos egoístas no habían parado hasta echarme de mi puñetera casa y tener bien atado el testamento. Me repugnaba haber engendrado a aquellos chupasangres desagradecidos. No hubiera dado mi brazo a torcer si no hubiera sido por Nancy, que me pidió reconciliarme con los chicos en su última voluntad. Sabía que aquello no era posible, principalmente porque ellos no tenían interés ninguno en ello; pero podía evitar ser un estorbo, eso sí que podía hacerlo y eso hice. No tenía expectativas, estaba convencido de que moriría de aburrimiento en aquella residencia. Ni si quiera le había echado un vistazo a los folletos que me había dejado Brandon en su día, seguían donde los dejó, sobre la repisa junto a la puerta, justo al lado de la cesta de las facturas. No tenía interés, la vida de jubilado era un completo muermo y allí no iba a ser diferente; pero me equivoqué, sí que lo sería. Quién iba a decirme a mí, que iba a sentirme tan liberado y resistente después de toda una vida sumido en mi propia oscuridad.


 

¡Muchas gracias por leer!

Espero que te haya entretenido.

Siéntete libre de dejar un comentario constructivo 🙂

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2 respuestas a “Breves fragmentos #1

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