Breves fragmentos #2

IMPERIO ROMANO, ROMA

SIGLO II D.C.

 

Para Marcia Agrippa, esposa de Marco Aurelio, Britania era como una fantasía, una tierra lejana en mitad del mar donde las legiones trataban con bárbaros y de donde se exportaban pieles para el calzado, y esclavos. Para ella aquellas mercancías no resultaban interesantes. Aquella mañana en la que paseaba por el mercado, si quiera se había fijado en la tarima giratoria donde desnudos, se exponían los esclavos en venta. Le encantaba ir al foro, pasar las mañanas entre puestos y tiendas, mercaderes y mercancías valiosas. Le fascinaban los productos de lujo provenientes del extranjero, el perfume, la seda, las piedras preciosas… eran su debilidad. O al menos, hasta el nacimiento de Flavus. La de pelo negro, mujer arrogante, digna, siempre vestida con las mejores túnicas de colores, maquillada en su justa medida, peinada, adornada con joyas y oro, acompañada siempre de dos siervos vigías jóvenes… no pasaba desapercibida y cada mercader reclamaba su atención para venderle sus productos, y ella se regodeaba. Decía que no sutilmente con la mano e ignoraba al mercader cuya mercancía no interesaba, con la vista al frente, la cabeza bien alta. Era su pasatiempo preferido, presumir ante los plebeyos. Y cuando algo le gustaba, abría la boca con sorpresa y aguantaba brevemente la respiración, engrandeciendo los ojos, dilatándosele las pupilas. Luego sellaba sus labios y elevaba la barbilla para acercarse a inspeccionar con determinación.

—Son tres denarios, señora —le demandó aquella mañana un mercader mientras ojeaba unos collares, ocasionando que arrugara los labios con desaprobación. Con aquella mueca de labios de pez, negó con la cabeza e hizo su gesto de mano, pasando de largo al siguiente puesto mientras ignoraba los intentos del mercader por rebajarle el precio —. ¡Un denario y un dipondio, mi señora! —Agrippa sonrió complacida ante aquella última oferta y se volvió altiva, asintiendo con la misma arrogancia en dirección al mercader. El hombre de la túnica violeta respiró tranquilo al tiempo que ella le hacía un gesto dejado a uno de sus esclavos para que pagara y recogiera su capricho. —¿Les hablará a sus vecinas de mi tienda, señora? —inquirió el mercader cuando aquella ya se iba. A ella le pareció una impertinencia y sin disimular esbozó una mueca de repugnancia. La noble señora se pasearía por todo el mercado, divisando pequeños tesoros, buscando gangas, fingiendo desinterés como método de regateo… antes de detenerse frente a la tarima. No muy lejos de esta, sin que la mujer libre lo hubiera advertido aún, se exponía en un rincón una fila de esclavos recién llegados de Britania. Junto a ellos había una chiquilla que apenas se hacía mujer, de pelo enmarañado, sucia de pies a cabeza. Su nombre, la romana aún no lo había oído. La muchacha temblaba, con la vista fija en el suelo y sus brazos ennegrecidos por la mugre tratando de ocultar su cuerpo en pubertad. Estaba a un paso por detrás de los demás y de su cuello no colgaba ningún titulus[1]. Estaba aterrada y ojeaba esquiva el barullo de la multitud, que la asustaba. Hacía poco había desembarcado en Ostia, puerto de Roma, y poco se sabía de ella pues era extranjera. Un legionario, encargado de todas aquellas personas en fila, hablaba con un magistrado sentado a una mesa bajo una pequeña tienda que le refugiaba del sol. Discutían acerca de los titulus, hasta que el magistrado levantó el trasero gordo y fofo del asiento para acercarse a inspeccionar la mercancía, no sin antes acomodarse la toga y hacerle un gesto a su esclavo para que siguiera sus pasos con una palma que le hiciera sombra. El legionario arrugó los dedos de sus pies contra el cuero de sus sandalias antes de seguirles con gesto contrariado, pues llevaba mucho tiempo fuera, e ignoraba las nuevas leyes que le obligaban a ser honesto con los compradores.

—¡Ni un solo esclavo se sube a la tarima sin su titulus! —exclamó el magistrado obeso, tosiendo brevemente, antes de centrarse e inspeccionar al primer esclavo. Para cuando Agrippa se detuvo frente al mercado de esclavos, aquellos ya habían sido debidamente clasificados. Lejos de acercarse, mandó a uno de sus sirvientes con las indicaciones pertinentes. Este, enterado de los requisitos que precisaba su señora, se acercó a inspeccionar la mercancía, sintiéndose capacitado para la tarea, que no era sencilla. Complacer a la esposa de Aurelio era complicado y peligroso… La ama buscaba una hembra, una esclava que la atendiera y vistiera, que peinara y lavara su cabello. Se había cansado de la esclava que lo hacía, se había hecho vieja y le hedía la boca. Era insoportable y solo pensar en ella rondando sus aposentos la hacía arrugar la nariz y los labios en una mueca cruel y cargada de repugnancia. No se deshacía de ella porque era un dinero que perdía. Quería una esclava joven que le durara muchos años, así que también debía estar sana y ser fuerte. La domina conocía lo que suponía una esclava tan joven, y estaba dispuesta a asumir las consecuencias. El esclavo sabía que, si la esclava moría, la culpa sería suya, así que debía elegir muy bien e inspeccionar él mismo el producto antes de ofrecérselo a su domina[2]. Las mujeres que había expuestas no le inspiraban, el joven servus[3] las veía demasiado viejas, demasiado tristes, demasiado bajas, o demasiado feas… y a él eso no le importaba, pero sin duda alguna le importaría a la caprichosa de su ama.

—¡Eh, chico! —llamó la atención del siervo un legionario de rostro consumido cuya carie podrida le hinchaba la boca y le provocaba ligeros picos de fiebre, ganara lo que ganara con aquellas ventas, si es que realmente los beneficios eran para él, no viviría lo suficiente para disfrutar de su jubilación después de más de veinte años bajo el servicio de la legión. El siervo de Agrippa, que ojeaba a una distancia prudente los titulus de los esclavos en alto, se volvió al legionario con extrañeza, mientras este le hacía un gesto con la mano para que se acercara. El joven divisó a los esclavos justo detrás de él y encogió los ojos al no distinguir a ninguna fémina, sin embargo, y casi de milagro, la vio. Cabizbaja y con surcos de piel limpia marcándole la cara debido a lágrimas viejas, la niña se miraba los pies encogidos y torcidos, ajena a los ojos oscuros del esclavo romano. Este emprendió el paso y se acercó al vendedor uniformado —. ¿Busca tu dominus un esclavo con el que apostar en la arena?

—Es domina, y busca una esclava doméstica —respondió desviando la mirada de la del soldado, encaminándose entonces a la esclava, ignorando el hecho de que el vendedor murmurara por lo bajo, pues sabía que no podía vendérsela cara. El legionario le siguió, queriéndole mostrar la mercancía a pesar de que aún estaba sucia y no había subido a la tarima. La tomó repentinamente de la barbilla, sorprendiendo a la britana, que elevó su mirada con susto.

—Es salvaje, pero sumisa —le informó el vendedor, elevándole aún más la cara para que el esclavo la observara bien —. Tiene todos los dientes —le aseguró, momento en el que le metió un dedo sucio en la boca para que la abriera, y mostrárselo al posible comprador —. ¿Ves? Su dentadura es perfecta, tiene buena mordida. Es bonita —añadió, escupiéndose en la palma de la mano para tratar de limpiarle la cara con su saliva, arrastrando pobremente la mugre con sus dedos polvorientos. La chica arrugó la cara y el esclavo alzó una ceja, fijándose en las manos del legionario, igual de sucias que la britana —, pronto se hará mujer, está en edad de aprender… es perfecta para la vida doméstica o la prostitución. Delicada y dócil, si tiene hambre comerá lo que le echen sin quejarse, ni pedir más. —Aparentemente, aparte de la mugre, no había nada que la hiciera no apta para el cometido de su ama.

—¿Edad? —inquirió el esclavo, devuelta al soldado.

—Debe de tener entre once y trece, no más —le aseguró —. Así lo ha estimado el magistrado —le aseguró nuevamente, indicándole la cifra en el titulus.

—¿Salud? —quiso saber más y ante su pregunta el legionario rio a carcajadas.

—Si está aquí es que es fuerte como el mármol, había cinco más como ella y no han sobrevivido al viaje. —Aquello pareció contentar al esclavo, que miró por encima al resto de la mercancía con brevedad. Entonces asintió y tomó a la esclava del brazo, sacándola de entre la multitud bajo la atenta mirada del legionario, que estiró el cuello para seguir con la vista sus pasos.

—¿Mi señora? —llamó el joven a su ama, que hablaba desinteresadamente con otra mujer romana que se había encontrado en aquel barullo de hombres y mujeres libres. Agrippa giró el rostro mitigando su sonrisa y se fijó en la esclava que le presentaba. Alzó una ceja en dirección a esta, bajita y muy sucia, con aquella melena negra enmarañada, tanto que parecía un nido de pájaros. Con desagrado dio su consentimiento, confiando en el buen juicio del esclavo, que seguidamente volvió a arrastrarla junto al legionario. La britana tropezó con sus propios pies ante aquel ajetreo, pues después del viaje en barco, aún no acostumbraba sus piernas a tierra firme —. ¡Cuidado! —le gritó el esclavo, sujetándola por el brazo con fuerza, cuidando que las rodillas de la chica no tocaran el suelo —. ¡Si te las despellejas te atizo! —le amenazó. Aunque la britana no entendía nada, sabía interpretar perfectamente lo que sucedía. El siervo romano y el legionario llegaron a un justo acuerdo y se firmó el contrato de compraventa. Así fue cómo, de casualidad, la madre de Flavus, cuyo nombre era impronunciable para cualquier romano, llegó a la casa del pater familias Marco Aurelio.

[1] Tarjeta de identificación colgada del cuello donde se especificaba la procedencia, la edad y otras características del esclavo en venta.

[2] Ama en latín.

[3] Esclavo en latín.

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